Ellos o nosotros

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Cuando se habla del actual escenario político en Bolivia, y más allá del factor electoral en ciernes, se ha caído en una costumbre errada en torno a la apreciación de las acciones gubernamentales; ésta se denomina falacia de la falsa dicotomía o también conocida como falso dilema; es decir, creer que la explicación de lo que sucede en Bolivia se reduce a solamente dos opciones, de todo el espectro posible de respuestas. Mucho más aún si se trata de justificar una decisión trascendente u otra. Si existen posibilidades de éxito, es el acertado criterio del gobierno de transición; por el contrario, si hay un evidente descalabro o desatino en la administración, sobre todo en lo referido a lo económico, hay que evocar las medidas asumidas por el mefistofélico gobierno anterior.

Esta posición asumida no hace sino evidenciar la existencia del preconsciente colectivo boliviano, con una de sus muchas taras no superadas aún y pendientes de ser trabajadas por las nuevas generaciones: el centralismo como esencia de la administración pública. Esto se explica como una manifestación cerrada en torno a detentar el poder público desde una sola visión centralizada: yo hago lo correcto, los demás se equivocan.

No vaya a creer el lector que centralismo tiene su cara más visible solamente en las decisiones de poder tomadas desde una ciudad, – La Paz –desde un podio, –el de palacio de gobierno o Casa Grande el Pueblo –o desde un escritorio, el presidencial. El centralismo es una actitud del super-ego individual pero que no corresponde al imaginario colectivo únicamente, sino que se transmite a través de los seres humanos llamados a ser los servidores públicos del Estado Plurinacional; por ende, es una responsabilidad social el depurar de nuestro sistema esta falla, caso contrario no importará cuántos gobiernos cambiemos, uno se quejará del anterior y así sucesivamente, encontrando excusas retóricas en desaciertos de conocimiento antes que de acción.

Lo que hace falta es asumir un nosotros inclusivo, que implique la responsabilidad del gobernado-gobernante y viceversa, porque cualquier gestión pública responde a una dinámica dual que no se simplifica en una dicotomía excluyente, sancionadora de todo pasado y santificante de todo presente. Sumado a ello, y a pesar de haberse denominado como gabinete técnico, hay que rescatar que existen buenos e ideales profesionales en puestos de decisión, no obstante, existen aún mandos medios y de máxima responsabilidad que carecen de sentido de acción o un norte cualificado sobre el quehacer gubernamental, por ejemplo, el Ministerio de Educación, razón vital de toda sociedad, que en el nivel inicial, primario, secundario y el universitario deja mucho que desear en nuestro país. Debería haber sido una de los compromisos prioritarios el cambiar la lógica educativa de Bolivia, sin embargo, hasta fue uno de los últimos ministros en ser designados, y como suele pasar en estos casos, su trabajo además de pasar desapercibido, no hace mella en la ignorancia colectiva que conlleva esa tara del centralismo antes señalado. ¿Qué hacer entonces?

Primero, decirnos la verdad, ya que puede ser dolorosa pero es la situación en la que nos encontramos, segundo, no se debe maquillar los logros, virtudes o errores de cualquier gestión, pues con la responsabilidad gubernamental viene el juicio de la historia que recaerá sobre los actores políticos inmisericordemente, por último, se deben reencauzar las prioridades y darle certeza democrática al sistema social boliviano, desde nuestra posición de ciudadanos, sin que importe la posición en la que nos encontremos, ya que todo cambio efectivo radica en el protagonismo del más y del menos. Recordando al polifacético periodista y literato paraguayo Augusto Roa Bastos, podemos afirmar que gran parte del tiempo se vive entre el no saber qué hacer y el querer saber cómo poder hacerlo, lo que nos lleva a afirmar que este gobierno de transición quiere hacer todo en escaso tiempo, por eso es que recurre a la falacia de la falsa dicotomía. Imperceptible sí, pero perpetuadora de la tara antes señalada. Por lo pronto, toda crítica va dirigida a resaltar que el centralismo no es una bandera ideológica de uno u otro partido, de uno u otro actor político, sino que forma parte del fenotipo boliviano que parece no querer deshacerse de este.

No contemplar el escenario completo, traerá sesgos que serán perjudiciales en toda administración pública, creando una ilusión falaz de lo que somos y a dónde vamos.

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