¿Y los programas?

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La trascendencia de un debate de ideas debe guiar el proceso electoral y no así el mero cumplimiento de requisitos…

Dentro de un proceso electoral la dinámica de la confrontación política es tan vertiginosa que la mayoría de los votantes se hallan bombardeados de mensajes efectistas, vía medios tradicionales o por las connotadas redes sociales, sin embargo, los programas de gobierno –particularmente en Bolivia –se convirtieron más que en una propuesta real, en un requisito. No son la piedra basal de discusión de ideas que deberían ser, lamentablemente en estos comicios 2019 priman las pretensiones y no las propuestas.

¿Qué elementos debería poseer una propuesta? En primer lugar, se debe diseñar y presentar la propuesta de tal forma que sea fácil de entender y que cause interés e impacto para la ciudadanía. De este modo, hay propuestas que por los efectos del marketing político pueden ser aceptadas por los electores y que no cubren las necesidades de la comunidad y difíciles de hacerlas realidad; éstas se encuentran tanto en los programas opositores como en el vigente gobierno. En segundo lugar, la propuesta debe garantizar beneficios concretos para la sociedad; al respecto, decir no es obtener; los beneficios deberán medirse y concretarse razonablemente, no solamente jugar con el deseo del votante.

En tercer lugar, la proposición debe ser diferente, no un remozado de lo que ya se dijo o se pretendió hacer, error en el que incurre gobierno y oposición; como cuarto requisito, los objetivos deben ser alcanzables y generar compromisos que sean el puntal de legitimidad entre candidatos y electores. Al respecto, es difícil encontrar compromisos en una sociedad acostumbrada a la tara política del clientelismo, para la cual lo que interesa es el botín que se pueda obtener a cambio de un apoyo corporal hacia uno u otro candidato. Ese apoyo no va a lo sustancial, al contenido que debería estar en un bien diseñado programa de gobierno, es decir, hay un divorcio entre el ciudadano y el candidato, solamente hay una negociación electoral circunstancial.

Debe añadirse un quinto elemento a un programa gubernamental que tenga carácter y sea efectivo en toda perspectiva, mucho más si el candidato es opositor, recordar que no importan los procesos –de cambio, de progreso, desarrollo o como quiera denominárselo –sino las personas vinculadas al proyecto político, el rostro que va junto al programa, para esto no me refiero solamente al candidato presidencial, sino a todo el equipo humano adjunto: candidatos a senadores, diputados, supraestatales, y por supuesto diputados especiales de las naciones y pueblos indígena originario campesinos. Sobre este punto en nuestra política criolla sigue importando quien pone más, –en recursos económicos como en imagen –lo que produce una frívola relación política entre el votante y el elector. ¿Por qué? Porque la calidad del programa debe ir de la mano de la diversidad de personas propuestas y capaces de ejecutar, de ejercer ese verbo transitivo que todos los candidatos pretender alcanzar: gobernar.     

Las ideas influyen en la realidad, no obstante, existen quienes tentados por el pragmatismo, creen que nada puede oponerse al “sentido común” y los hechos irrefutables de 13 años de gestión. Sería un error continuar sin darles a estas ideas la relevancia que merecen a partir de una postura crítica, bajándolas a una comprensión popular, sobre todo, de una manera que nos explique cómo se hará viable cualquier proposición bienintencionada. Ese es el valioso detalle que olvidan los políticos que presentaron esos programas recientemente, no explican el cómo lo harán, no aterrizan la idea, la ornamentan líricamente y en muchos casos la ridiculizan, añadiendo palabras siempre de moda como digital, comunitario, inclusión, respeto a la ley, entre tantas otras. En suma, no hay disrupción, no hay propuesta que revolucione el debate de ideas, se convierte entonces en una letanía adormecedora y poco práctica las hojas que llenan el requisito de programa de gobierno.      

La sola presentación de un Plan o Programa de Gobierno no implica su conocimiento o factibilidad, mucho menos en una sociedad como la boliviana. La pregunta es ¿más allá de la demagogia electoral, podremos así construir el mentado gobierno electrónico?

El ideal sería buscar que el elector conozca perfectamente las características de la propuesta política y en su caso aclarar dudas y explicarle las ventajas con respecto de otras. Por ello, el debatir las soluciones, planes o ideas debe hacerse de cara a la ciudadanía y con la periodicidad necesaria para que el posible votante infiera sus conclusiones y extraiga su decisión de ellas. Como toda actividad en Bolivia, las candidaturas de último momento aducen conocer el programa de su color político, sin ser verdad, la utilidad de la palabra puede más, siendo la improvisación la única razón por la que se mueve el proceso electoral.

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