
La historia de los liderazgos que confunden legitimidad con algoritmo está llena de casos como estos, que destacan la importancia de la viralidad. Además, la victoria se explica no por lo que se hizo, sino por lo que se logró viralizar.
Rodrigo Paz TikTok elección ante el PNUD y la CAF, en el 81º periodo de la ONU, resumió su llegada al poder. La frase ya circula como trofeo digital.
La declaración, pensada para el aplauso inmediato, es síntoma de algo más grave. Un presidente cree que ganar el algoritmo equivale a comprender el país que gobierna.
No hubo error de dicción, hubo error de fondo, y ese error tiene al menos tres frentes.
Primero, el frente comunicacional: decir algo sin decir nada.
Además, el politólogo italiano Giovanni Sartori advirtió sobre el fenómeno del ‘homo videns’. Es decir, el ciudadano ya no razona la política, sino que la consume en fragmentos audiovisuales vacíos de contenido.
El discurso presidencial en la ONU tenía la obligación de proyectar una lectura seria del momento boliviano. Se describen como crisis económica, fractura institucional, un Órgano Judicial deslegitimado y una Asamblea fragmentada.
En su lugar, el mandatario optó por la anécdota del bajo presupuesto. Además, ironizó contra “señores” que gastaron millones. Es exactamente el tipo de mensaje que describe Frank Luntz: ‘suena bien pero no dice nada’. Está diseñado para el titular, no para la comprensión estructural.
Como advierte Ferrajoli sobre las esferas del poder sin garantías, un relato sin sustancia no construye autoridad. Frente a un foro multilateral, ese relato construye vacío institucional revestido de simpatía.
En segundo lugar, existe un frente que defiende una lectura unilateral de la realidad.
Además, el problema no es TikTok como herramienta. La certeza del presidente de que su lectura de los hechos es la única válida debe contrastarse con la complejidad boliviana.
Bolivia no se ganó con un algoritmo. Se gobierna en un país de fracturas regionales, sindicales, étnicas e ideológicas. Ninguna narrativa de redes sustituye la negociación territorial.
En ese sentido, reducir el triunfo a ’50 mil dólares y una hija que entiende TikTok’ es, en el mejor caso, una simplificación publicitaria.
En el peor, evidencia de que gobierna desde la epidermis de las plataformas y no desde el diagnóstico real del país.
Además, resulta insostenible presentarlo como explicación total de un fenómeno.
El propio mandatario reconoció el aporte de Fernando Cerimedo, hoy preso en Chonchocoro por causas ajenas al marketing digital, y un giro de estrategia entre vueltas que poco tuvo de espontáneo.
Como diría el constitucionalista argentino Gargarella, sobre las ‘democracias de fachada’, el riesgo no es la falta de legitimidad electoral, sino la ilusión de que ganar sustituye a gobernar con lectura de complejidad.
Tercero, el frente que nadie quiso nombrar en Nueva York: el efecto Lara. El vicepresidente Edmand Lara capitalizó la presencia digital más agresiva en la primera vuelta. La candidatura era todavía modesta.
El binomio sorprendió en agosto. No fue una operación aislada del entorno de Catalina Paz, sino el arrastre de un vicepresidente con capital simbólico propio en redes. Ese hecho fue borrado del mapa por el relato presidencial en la ONU. No mencionar a Lara no es un detalle protocolar. Es apropiación narrativa. El presidente construye un mito de origen unipersonal y familiar, donde el binomio, clave en la sociología electoral boliviana desde 2002, queda reducido a comparsa.
El propio Lara ya había desmentido esa versión simplificada. Cuando un mandatario borra a su vicepresidente del relato de la victoria, no comunica fortaleza. Exhibe la fragilidad de un binomio improvisado que no se asume como sociedad política.
El daño mayor no es hacia Lara ni hacia la ONU, sino hacia el ciudadano boliviano.
Además, explicar el triunfo con una fórmula de autoayuda empresarial equivale a decir que el electorado vota como consumidor. No como sujeto político con demandas estructurales: empleo, institucionalidad, justicia, autonomías funcionales.
Es la misma transformación que Sartori llamaba del ciudadano en espectador: entretenido, sin explicación sustantiva sobre el rumbo del país.
Nada de esto hará que Bolivia deje de gobernarse mañana. Sin embargo, manteniendo este relato, el costo ya está ocurriendo en Rodrigo Paz TikTok elección. Por otro lado, un presidente que presume de algoritmos ante Naciones Unidas no comunica gobernabilidad.
Además, pone con cada video viral una bomba narrativa en el corazón de su propia legitimidad. Además, la combinación de imagen y lenguaje técnico alimenta la desconfianza pública. En consecuencia, la legitimidad se ve afectada y la gobernanza parece fracturada.

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