El placer de gobernar a escondidas

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Los hábitos de los gobernantes suelen llamar la atención por tener características de distinta índole: unas veces se circunscriben a lo estrambótico y otras a lo recatado o austero. Como será fácil inferir, los gobernantes de la primera clasificación son los más y los segundos podrían contarse, quizá, con las dos manos que poseemos. En el primer grupo podríamos recordar por ejemplo aquella orgía desenfrenada que se reveló en el 2014 en el país azteca, donde diputados panistas fueron filmados en un bacanal donde no faltó el exceso y el vicio; o también la de otro emblemático gobernante y envidia de muchos; el carismático ex primer ministro Silvio Berlusconi con sus creativas fiestas bunga bunga, donde corría toda una plétora de bailarinas, artistas y amigos del secreto desenfrenado que se deriva del poder político y sus oportunidades de concretar este tipo de antojos gubernamentales.

Ya en nuestro contexto, en el siglo XIX acudimos ante un centauro ebrio de poder y alcohol que se hace de la administración de la cosa pública en nuestro país; me refiero ni más ni menos al ex presidente Mariano Melgarejo que gustaba de libar copa tras copa de cuanta bebida llegara a sus manos, además de encerrarse en los salones de palacio de gobierno junto a Juana Sánchez, su querida y cautiva mujer que se aferraba al silencio como forma de no provocar en el tirano otra reacción abrupta. Ya en el siglo XX, también las dictaduras gustaron de gobernar a espaldas del pueblo, de los gobernados a quienes se debían, provocando una brecha social entre pobres y ricos, muerte y desazón, defraudando el sentido cívico de la institución castrense en pro de intereses foráneos y cuando no, personales.

Podríamos citar algunos otros ejemplos nacionales relativos a la principal causa de deslices gubernamentales: el elixir de Baco, la buena chicha fermentada o la bien ponderada cerveza; provocando la vergüenza de senadores, diputados, candidatos a una gobernación, viceministros y tantos otros, sin embargo, no es el hecho de que excedan sus impulsos y deseos de satisfacer su ansía de llenar con grados Gay Lussac, el vacío que poseen acerca de la comprensión del poder, sus implicancias y la verdadera razón de erigirse como gobernantes de un Estado, gobernación o alcaldía. Lo verdaderamente preocupante es que el actor político crea ciegamente en la falacia de apelación al pueblo “ad popolum”; es decir, como el pueblo lo hace, está más que justificado que lo haga yo.

De ahí que nuestro presidente muy suelto de cuerpo lance una apoteósica frase como la que nos regaló el pasado miércoles 7 de noviembre: “Juego, la derecha protesta; bailo, protestan; farreo, protestan. Somos pueblo, pues, farreamos, bailamos. Da miedo farrear a veces, ocultadito, cerradito tengo que farrear, a ver”. La afirmación en si misma nos recuerda esas taras sociales acarreadas desde tiempos coloniales y heredadas a la república, donde la premisa es saber que así nomás somos y hay que aceptarlo. Pero no debe ser así, al menos no como discurso ni práctica de gobierno; puesto que la responsabilidad de gobernar implica un conocimiento y una virtus maquiavélica distinta; A Maquiavelo no le interesaba la ética clásica; él se preguntaba qué es obrar bien en política (en la vida pública), y formulará una ética política en este sentido. Es aquí donde influirá su concepción de lo político, para enunciar dos éticas distintas: una para el gobernante y otra para el gobernado. No obstante, la pedagogía para ser un buen gobernante no abarca solamente las licencias que tiene o pueda tener el detentador del poder público, sino que debiera resaltar lo mejor de su pueblo como emblema de vida y proyección de país.

Lo peculiar de la declaración radica en el hecho de que no solamente se farrea ocultadito, como argumenta nuestro mandatario, sino que hay un montón de actividades que se pueden realizar en el secretismo de cuatro paredes: conspirar contra la democracia, entregar contratos exclusivos en favor de amigas, novias, compadres asiáticos o acreedores, en fin; una serie de actividades que hacen de la actividad presidencial un constante objeto de escudriñamiento; por lo cual la ética política de nuestro gobernante debería acogerse al argumento de ser y parecer; consejo muy adecuado si uno busca mantener el poder al menos por valor personal y no a partir de parecer lo que el vulgo es. Aceptar que como los demás farrean, yo también lo hago o debo hacerlo, es lo mismo que decir: el mal que se hacen los demás es también el mal que yo hago, aunque no se los muestro porque ustedes no entenderían de que se trata. Quien gobierna debe estar dispuesto a la crítica en todo sentido, tanto si es para reafirmar su gestión y decisiones de gobierno, tanto si le observan por beber demasiado, contratar con sobreprecios a músicos capinoteños o brindar con etiqueta azul del licor celta más famoso. Gobernar a escondidas es un síntoma que se viene repitiendo desde hace mucho, a escondidas de la voluntad del soberano, pero sobre todo, no afrontando con seriedad el mal que afecta a nuestra democracia: la ausencia de una cultura política ciudadana.

¿Qué significa gobernar?

¿Hasta dónde las acciones privadas se vuelven públicas en un entorno político?

La conducta de nuestros gobernantes siempre estuvo en los ojos públicos, mucho más aún si esta raya en la interpelación de una realidad tan abismal en cuanto a clases sociales y los hábitos de diversión que se acostumbran.

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