Plataformitis

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Existen dos formas de entender la respuesta ciudadana ante un problema de relevancia social: desde el sujeto y desde la colectividad. La primera forma conllevará una respuesta particular, directa, como la decisión valiente de Rosa Parks en Alabama EE.UU. el 1 de diciembre de 1955, cuando al no levantarse de su asiento en un bus transgredió la ley discriminatoria que la obligaba a hacerlo en ese entonces, pero reivindicó su derecho y manifestó su disconformidad ciudadana con el régimen normativo de entonces. La segunda forma, desde la colectividad, la ciudadanía se hace muchedumbre, se vuelve una expresión de fuerza y pone de manifiesto la necesidad de cambio, recuérdese en este sentido el mayo francés de hace 50 años.

Lo descrito líneas arriba enuncia una toma de conciencia por parte de los individuos protagonistas de todo cambio, por ello cabe preguntarnos ¿qué sucede cuando los sujetos no poseen la conciencia y la racionalidad necesarias para construir una ciudadanía responsable? La medicina viene en auxilio nuestro para identificar una nueva enfermedad, no del cuerpo humano, sino del corpus social; se denomina “plataformitis”.

La terminación “itis” se emplea para designar un miasma o infección dentro de la terminología médica. De esta forma, la plataformitis deberá ser entendida como una inflamación de las formas de expresión y reivindicación social que tienen las personas en democracia; esto es una deformación en la manera que entendemos la protesta, la lucha y sobre todo la interpelación de los gobernados hacia los gobernantes. No es nada útil, para la democracia y el desarrollo social, la forma irresponsable en la que muchas autodenominadas plataformas ciudadanas hablan a nombre del pueblo cruceño, chuquisaqueño, paceño, en definitiva boliviano. Es una enfermedad en el sentido de que carecen de contenido y articulación entre las necesidades fácticas de la población y la manera de canalizarlas. Lo que terminan haciendo es enfermar más el sistema, de por sí ya maltrecho, creando mayores condiciones de desconfianza hacia el sistema político y de representación.

Se muestran en medios de comunicación y redes sociales como la vanguardia de toda lucha, buscando “likes”, procurando pantalla, cámaras y cuanto espacio sea posible, pero no muestran propuestas, soluciones o posiciones fundamentadas a problemas que cursan en nuestra coyuntura. Se puede apreciar su capacidad de hacer notar errores de políticos de turno o quejarse de tal o cual decisión del gobierno actual, pero ¿ellos son la respuesta? Si el lector se toma la ligera molestia de investigar un poco acerca de quiénes están detrás de las tarimas discursivas en las que se arremangan los actores de la neo-democracia boliviana, se dará cuenta de que es más disertación circunstancial de sus caudillos y no una construcción de convicción o conciencia.

Recordemos a Platón cuando nos decía que los sabios hablan porque tienen algo que decir y los tontos hablan porque tienen que decir algo. No es hablar por hablar, postear por postear o dar una entrevista por hacerla; creo que en los tiempos que vivimos la mínimo de responsabilidad que debemos tener para edificar una mejor práctica política es tecnificar nuestro contexto, darle énfasis al cumplimiento y ya no a la promesa banal. Aunque pedir esto último en Latinoamérica, y más aún en nuestra realidad es quizá una quimera de alto vuelo, ya que acá moneda de cambio corriente es la máxima maquiavélica que dice: “No es preciso que un príncipe posea todas las virtudes citadas, pero es indispensable que aparente poseerlas (…) Es central saber disfrazar bien las cosas y ser maestro en el fingimiento”.

Los medios parecen abrazar con júbilo toda manifestación facilona, rocambolesca y sobre todo pseudo-creativa, mientras de noticia “new age” (corta, superficial y escandalosa) se trate, todo vale. Hay entonces un contubernio entre protagonistas de sortilegios políticos y los que manejan las vitrinas electrónicas donde se muestran estas y otras peculiaridades de nuestro diario vivir.

Una expresión efectiva por parte de la ciudadanía, sin duda transforma su entorno, mas una intervención interesada, superficial o sin sentido de propuesta, carece de firmeza y seriedad. Entonces la plataformitis se va tornando una enfermedad social, consistente en el eco vacío de ideas, sin el imperioso saber que reclamaba M. Foucault como el único espacio de libertad del ser.

No hay que ser suelto de imaginación o lengua para identificar la sociedad en que vivimos: preñada de lacras, en la que abundan conductas impuras;  máculas,   vicios que ubican un sistema manchado por todas partes,  lo que se evidencia por las acciones de la manipulación que se entretejen en estas pruebas democráticas de oportunismo. Esperemos que la racionalidad nos ayude a combatir la desdicha de caer seducidos ante la promesa artera ya que de no ser así, vendría a  transfigurarse de dolencia a tara en este magullado cuerpo social denominado Bolivia.

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