La historia del poder absoluto está llena de casos en los que los líderes han abusado de su posición, no solo para consolidar su control sobre las instituciones políticas y sociales, sino también para imponer su dominio sobre la vida privada de sus ciudadanos. Dos figuras emblemáticas de este tipo de abuso de poder son Muamar Gadafi, el exdictador de Libia, y Evo Morales, expresidente de Bolivia. Aunque separados por contextos geopolíticos muy distintos, ambos líderes han sido objeto de denuncias relacionadas con la explotación y control de mujeres jóvenes, revelando la dimensión más sombría del ejercicio autoritario del poder.
Muamar Gadafi gobernó Libia durante más de 40 años, consolidando un régimen en el que el culto a su personalidad era omnipresente. Uno de los aspectos más desconcertantes de su dictadura fue su predilección por las mujeres jóvenes, especialmente aquellas que integraban su guardia personal, las conocidas “Amazonas”. Este grupo de mujeres era presentado como una innovación social y cultural, un símbolo del empoderamiento femenino bajo su régimen. Sin embargo, tras la caída de Gadafi en 2011, salieron a la luz múltiples testimonios que revelaron un panorama muy distinto. Diversos informes confirmaron que estas mujeres, muchas de ellas adolescentes, fueron sometidas a abuso sexual por el dictador. La investigadora Annick Cojean, en su libro “Las presas de Gadafi” (2013), describe cómo Gadafi seleccionaba personalmente a sus víctimas y las obligaba a permanecer bajo su control, empleando la coerción y el miedo para evitar que escaparan o denunciaran su situación.
Este uso del poder para explotar sexualmente a las mujeres jóvenes no es exclusivo de Gadafi. En Bolivia, Evo Morales ha sido objeto de denuncias similares en los últimos años. Diversos medios han informado sobre casos en los que niñas de 14 y 15 años habrían tenido hijos con Morales mientras él era presidente. Estas acusaciones, aunque oficialmente negadas por Morales, han generado gran revuelo y suscitado preguntas sobre el abuso de poder en el contexto boliviano. Las circunstancias que rodean estos casos evocan un patrón similar al del dictador libio: la utilización del poder político no solo para perpetuar un régimen autoritario, sino también para ejercer control sobre las vidas de mujeres jóvenes y vulnerables.
La conexión entre el abuso de poder y la explotación sexual de mujeres jóvenes ha sido estudiada desde diversas disciplinas. El politólogo estadounidense Andrew Robinson argumenta que “el poder absoluto tiende a corromper absolutamente, no solo en el ámbito político, sino también en el terreno más íntimo de las relaciones humanas”. Para líderes como Gadafi y Morales, el poder no tiene límites; se extiende más allá de las instituciones y las normas sociales, invadiendo esferas privadas que deberían estar fuera de su alcance.
Por su parte, la psicóloga francesa Marie-France Hirigoyen ha explorado la degeneración del poder en su libro “El abuso de poder en las relaciones” y señala que “los líderes autoritarios tienden a desarrollar una percepción distorsionada de su propia omnipotencia, lo que los lleva a justificar su comportamiento abusivo como parte de su derecho al control absoluto”. En el caso de Gadafi, esta justificación se manifestaba en su control sobre la sexualidad de sus guardias femeninas, mientras que, en Morales, las denuncias sugieren que su relación con menores de edad también fue facilitada y protegida por su posición de poder.
En ambos casos, la degradación del poder a nivel personal e institucional resulta evidente. Gadafi y Morales aprovecharon sus posiciones para explotar a mujeres jóvenes, utilizando la coerción, el silencio y la impunidad que les otorgaba su estatus como líderes de Estado. Como señala el abogado y sociólogo Max Weber en su clásico estudio sobre la autoridad, “cuando el poder se desvincula de la ética, se convierte en un instrumento de degeneración, donde el líder ve a las personas como simples objetos de control”. El uso del poder político para manipular y explotar a mujeres no es solo una traición a la confianza pública, sino también un síntoma de cómo el poder corrompe a quienes lo ejercen sin frenos institucionales.
Tal vez la novela de Vladimir Nabokov denominada Lolita (1955), que puso en discusión el retrato de la sociedad estadounidense a través de la metáfora del viaje, en cuya trama un hombre de mediana edad se enamora de una niña de doce años y sostiene una relación con ella, sea la justificación literaria del atractivo que representan estas niñas para hombres que ejercen el poder, ya sea político, social o incluso culturalmente, no obstante, el rechazo y crítica que genera este tipo de aficiones en hombres maduros o ya ancianos con resabios de poder.
En conclusión, tanto el régimen de Gadafi en Libia como las denuncias recientes contra Evo Morales en Bolivia revelan un patrón perturbador: el abuso del poder político para someter y explotar a mujeres jóvenes. Estos casos no son excepciones, sino expresiones de un fenómeno más amplio de degeneración del poder. Como sociedad, es fundamental denunciar y visibilizar estos abusos, asegurando que los líderes sean responsables no solo de sus decisiones políticas, sino también de su comportamiento personal y moral. El poder no debe ser un escudo para la impunidad, sino una responsabilidad con límites claros y controlados por el Estado de Derecho.
Se van perfilando las viejas taras políticas que han dominado gran parte de nuestra historia: el revanchismo, el manoseo judicial, la ausencia de ética política en las acciones gubernamentales, provocando polarización antes que la unión que proclama el lema acuñado en nuestras monedas y como máxima del Estado al que pertenecemos.
Cuando un gobierno no puede ni quiere ejercer el poder del que dispone, la crisis se vuelve inevitable. La historia —y el florentino Maquiavelo— ya lo habían advertido con una claridad que asombra aun cinco siglos después.
“Aceptamos el principio (federalista) como verdad comprobada, pero en sus detalles tengamos a la vista nuestros recursos, nuestro pasado, nuestras necesidades y demás condiciones sociales para que la ley tenga aplicación práctica y realice la aspiración general de armonizar el orden con la libertad evitando el despotismo y la anarquía. Evitemos el derroche de los fondos fiscales; evitemos que el Ejecutivo celebre contratos leoninos en los que por miserables primas se vende el provenir de la patria; evitemos la degradación de los funcionarios públicos cuando dependen de la voluntad de un hombre autoritario e ignorante” Adolfo Mier.
Hoy en día, la participación en política suele entenderse como algo ajeno a nuestra burbuja de actividades aisladas por las redes sociales, sin embargo, eso implica pagar un alto costo en responsabilidad social para con los demás.
Es más bien una marca identitaria que se recicla cada cierto tiempo, cambiando protagonistas, mutando situaciones, pero dejando el mismo sabor a hiel en los que ejercemos la criticidad y la ciudadanía como oficio. Por esto mismo, tanto el 2022, como los años subsiguientes seguirán aportando “descubrimientos” de otros ítems fantasma, de situaciones, acciones, decisiones que deberían ser de un modo, pero son de otro.
El Estado no es moderno por establecer convenios internacionales, sino por cumplir requisitos de existencia mínimo como la institucionalidad que debe caracterizar a todo Estado.